María, María, María…
aun gemía mi alma adolorida,
sin piedad sometida
y como con saña atormentada.
Mi corazón sin salida acorralado
se suicido mientras podía,
dejando un hilacho de alegría
suspendido entre comillas.
Mi vida en coma y como
ahogada por mí saliva,
se debatía entre la verdad
que me dolía y mi mentira
que aun no me dejaba morir.
María, María, María…
fue lo último que diría
mientras mis lagrimas sin cesar
enguajaban mis heridas,
y mi mente su rostro construía
para confortarme mientras moría.
René Campoverde
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario