viernes, 6 de febrero de 2009

MARIA, MARIA...

María, María, María…
aun gemía mi alma adolorida,
sin piedad sometida
y como con saña atormentada.

Mi corazón sin salida acorralado
se suicido mientras podía,
dejando un hilacho de alegría
suspendido entre comillas.

Mi vida en coma y como
ahogada por mí saliva,
se debatía entre la verdad
que me dolía y mi mentira
que aun no me dejaba morir.

María, María, María…
fue lo último que diría
mientras mis lagrimas sin cesar
enguajaban mis heridas,
y mi mente su rostro construía
para confortarme mientras moría.

René Campoverde

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